Cuando el retrato deja de mirarnos: Ewa Juszkiewicz
Por Silvia B. Peiró, profesora en la Escuela iONA
Hay exposiciones que te llaman la atención por sus colores, otras por su técnica y algunas porque consiguen que te detengas delante de una obra más tiempo del que esperabas. La exposición de Ewa Juszkiewicz en el Museo Thyssen pertenece a ese último grupo. Sus pinturas tienen algo familiar, pero también algo inquietante que hace que quieras observarlas con más detenimiento.
Lo primero que me llamó la atención fue reconocer en sus cuadros esa estética de los retratos clásicos, con mujeres elegantemente vestidas, peinados elaborados y composiciones que nos recuerdan a la pintura de los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, hay algo que rompe completamente con esa imagen: los rostros están ocultos.
En lugar de encontrar ojos, bocas o expresiones, aparecen grandes composiciones de cabello, flores, hojas, telas y otros elementos que cubren las caras. Es una imagen extraña, casi surrealista, pero al mismo tiempo resulta fascinante. ¿Cómo puede un retrato transmitir tanto cuando no podemos ver el rostro de quien está representado?
Juszkiewicz, artista polaca nacida en 1984, parte de pinturas históricas para crear sus propias versiones. No se limita a copiar los modelos originales, sino que los transforma y les da un significado diferente. A través de esta reinterpretación, nos invita a cuestionar cómo se ha representado a las mujeres en la historia del arte y qué ideales de belleza se han construido alrededor de ellas.

Uno de los aspectos que más me interesa de su trabajo es precisamente esa relación entre tradición y transformación. La artista utiliza una técnica pictórica muy cuidada, principalmente óleo sobre lienzo, con un dominio extraordinario del detalle. Las telas, los cabellos y los elementos naturales están pintados con una precisión que recuerda a los grandes maestros de la pintura clásica.
Pero, al mismo tiempo, introduce colores intensos y formas inesperadas que hacen que sus obras parezcan pertenecer a otro mundo. Los rojos y los brillos de las telas captaron enseguida mi mirada. Y es que esa mezcla entre lo reconocible y lo extraño es lo que, en mi opinión, les da tanta personalidad.
También se me hicieron parecidas a las obras de Arcimboldi que utilizaba flores, verduras y otros objetos para crear rostros, aunque Ewa utiliza la naturaleza de otra manera. Las flores y las hojas no aparecen simplemente como decoración, sino que se convierten en protagonistas y llegan a sustituir aquello que normalmente consideramos esencial en un retrato: el rostro. De alguna manera, estas mujeres dejan de ser identificables y pasan a convertirse en figuras misteriosas, abiertas a distintas interpretaciones.




Tras recorrer la exposición, resulta inevitable pensar en la importancia que ha tenido la imagen femenina en la pintura. Durante siglos, muchas mujeres fueron representadas siguiendo determinados modelos de belleza y comportamiento. Ewa recupera esas imágenes, pero las modifica, haciendo que nos preguntemos qué hay detrás de ellas y cómo las miramos hoy.
Salí de esta exposición con la sensación de que no hace falta abandonar la tradición para crear algo nuevo. A veces basta con cambiar un elemento, alterar una imagen conocida o mirar una obra desde otra perspectiva.
Y quizá esa sea una de las cosas más interesantes que nos propone Ewa Juszkiewicz: volver a mirar aquello que creíamos conocer y descubrir que todavía puede sorprendernos. ¿Viste la exposición? ¿Qué te pareció?





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